Ruth Asawa: La Escultora que Moldeó su Vida en Formas de Alambre

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Este 2026 marca el centenario del nacimiento en California de Ruth Asawa, una notable escultora cuyas obras, creadas con líneas y materiales modestos, estaban profundamente entrelazadas con su propia existencia y la de sus seres queridos.

Proveniente de una extensa familia de inmigrantes japoneses, su origen marcó su vida y gran parte de su obra. Durante la Segunda Guerra Mundial (1942), Asawa y su familia fueron internados por dos años en campos para japoneses en Estados Unidos. A pesar de las difíciles condiciones, fue en este período cuando sus inclinaciones artísticas comenzaron a surgir. Dedicó tiempo a observar la naturaleza y las formas lineales que la rodeaban, elementos que más tarde influirían en sus icónicas esculturas suspendidas. Cabe destacar que, en el campo, recibió instrucción de dibujantes que habían trabajado para los estudios de Walt Disney.

Tras la guerra, en 1946, Asawa encontró su camino hacia el Black Mountain College, una institución artística vanguardista que priorizaba el desarrollo de la percepción sensorial, el compromiso social y el sentido de comunidad sobre la titulación. En este ambiente abierto y natural, pudo explorar a fondo sus intereses y métodos, inclinándose siempre por procesos sencillos y austeros. Estos años fueron cruciales; ella misma reconocería haber “aprendido a ver” gracias a Josef Albers.

Tiempo después, la artista descubrió la artesanía de Toluca, México, y quedó particularmente fascinada por las cestas de alambre. Este material se convertiría en la base de sus creaciones. Lo tejía, retorcía y anudaba, inspirándose en las formas del paisaje y su deseo inherente de ligereza en la obra.

Sus trabajos, conocidos como “loop sculptures” por sus sucesiones de líneas curvas, tenían la capacidad de proyectar sombras sobre las paredes al ser iluminados, evocando la imagen de linternas flotantes o, en ocasiones, de úteros. Como madre de seis hijos, la experiencia de la maternidad y su vida personal fueron elementos intrínsecos a su proceso creativo, sin que nunca buscara separarlos.

Inicialmente, el uso del alambre, las referencias domésticas y su conexión con la maternidad contribuyeron a que la crítica subestimara su obra, tildándola de excesivamente “femenina”. Sin embargo, Asawa no cejó. Decidió fusionar su labor creativa con la enseñanza, desarrollando programas de arte para niños en desventaja y fundando el centro que, en 1982, se transformaría en la Escuela Pública de Arte de San Francisco, la cual hoy lleva su nombre.

Recientemente, el Museo Guggenheim Bilbao ha inaugurado la primera gran retrospectiva de Asawa en un museo, tras su paso por el MoMA de Nueva York. Esta exposición conmemora el centenario de su nacimiento, presentando en el edificio de Gehry un amplio despliegue de esculturas de alambre, bronces fundidos, pinturas y una vasta colección de obras sobre papel que abarcan sus sesenta años de trayectoria. La muestra incluye también un considerable archivo documental que destaca sus encargos públicos —como un monumento a los japoneses internados en la guerra en San José—, su compromiso comunitario y su defensa de la creatividad.

La exposición, coorganizada con el San Francisco Museum of Modern Art (y que posteriormente viajará a la Fondation Beyeler en Basilea), ha sido comisariada por Cara Manes, Janet Bishop y Geaninne Gutiérrez-Guimarães. Su diseño sigue una cronología flexible, intercalada con secciones temáticas que exploran las fuentes de inspiración y los métodos artísticos de Asawa.

El recorrido, estructurado en diez secciones, inicia con obras de su época en Black Mountain College, que incluyen exploraciones de materiales, colores y formas en dibujos, collages y grabados (donde incluso colaboró con Merce Cunningham y Elizabeth Smith Jennerjahn). Posteriormente, la muestra avanza hacia su trabajo con alambre y papel en San Francisco, donde se dedicó a fortalecer el tejido social de la comunidad.

En San Francisco, Asawa desarrolló los motivos y formas distintivas de sus estructuras en bucle, elaboradas a mano mediante superposiciones, ondulaciones, cascadas y entrelazamientos. Logró así crear volúmenes cerrados que, paradójicamente, se mantenían abiertos al entorno. Paralelamente, amplió su dominio de técnicas de dibujo, grabado y plegado de papel, al mismo tiempo que aceptaba encargos de diseño comercial, colaboraba con Vogue y exponía con regularidad en la Galería Peridot de Nueva York.

A principios de los sesenta, Asawa innovó con un método para trabajar el alambre, atándolo y extendiéndolo para crear composiciones orgánicas con una delicada inspiración botánica. Sus experimentos con estas formas naturales continuaron durante una residencia en el taller de litografía Tamarind en Los Ángeles en 1965, donde produjo una serie de grabados tan rigurosos como vanguardistas.

Una selección de estas composiciones, provenientes de la colección del MoMA, forma parte de la exposición, muchas de ellas mostradas al público por primera vez. Entre ellas destaca la exquisita representación de una amapola, flor emblemática de California. Es importante recordar que, en aquella época, el grabado y la artesanía eran subestimados frente a la pintura y la escultura, una jerarquía que Asawa siempre optó por ignorar.

En 1962, un regalo de una planta seca del desierto del Valle de la Muerte marcó el inicio de una nueva fase. La complejidad de la planta dificultaba su dibujo, llevando a Asawa a usar el alambre para crear ramas intrincadas y otras formas vegetales, transformando este material rígido e impersonal en algo suave y evocador, una metamorfosis que la cautivó.

Sin abandonar sus técnicas de bucle y atado, ni sus esculturas suspendidas, Asawa también incorporó resina y vidrio de colores. Expandió su visibilidad a través de encargos de arte público, donde exploró la idea de “crear una escultura que todos pudieran disfrutar”, a menudo mediante proyectos colaborativos.

Su primera obra pública al aire libre fue la fuente de bronce Andrea de encuentro (1968), ubicada en la Ghirardelli Square de San Francisco, frente al mar. Esta escultura representa a dos sirenas, una de ellas sosteniendo a un bebé, rodeadas de ranas y tortugas. Se fundió en bronce una forma original de alambre en bucle, y un estudio preparatorio de esta se exhibe en el Guggenheim.

Otras obras significativas de gran escala incluyen sus Fuentes de Origami (1975-1976) para el paseo peatonal del barrio japonés de San Francisco, y un imponente monumento conmemorativo del internamiento de japoneses estadounidenses (1994).

Cuando su salud declinó, Asawa dedicó gran parte de su energía a los dibujos botánicos, algunos de un realismo detallado y otros más abstractos. Estos retrataban ramos que le habían sido obsequiados o la flora de su entorno. También creó moldes faciales de familiares, amigos y colegas, documentando así a las personas que transitaban por su hogar en Noe Valley, confirmando su inseparable conexión entre vida y obra. Su casa en San Francisco era un verdadero santuario artístico, donde sus propias creaciones convivían con obras de amigos como Josef Albers y cerámicas de Marguerite Wildenhain.

Nunca dejó de trabajar: dibujaba y tomaba apuntes de su entorno, enrollaba y ataba alambre para futuras esculturas, plegaba papel para crear origami y recibía a artistas, educadores y promotores culturales para colaborar en nuevos proyectos.

El público del Guggenheim descubrirá en Asawa a una artista que trascendió las convenciones, ignorando las fronteras entre figura y fondo, lo exterior y lo interior, o dónde termina lo figurativo y comienza lo abstracto. Para ella, lo esencial eran las relaciones que podían establecerse entre elementos de orígenes y apariencias diversas, y la interacción de estos con el espacio. Como ella misma expresó, “las formas continúan dentro de otras formas, que están dentro y fuera al mismo tiempo”.

Es posible que algunas de sus composiciones en alambre tuvieran su origen en estrellas, flores o patrones geométricos. Sin embargo, a medida que evolucionaban en sus manos, adquirían los diseños que el material parecía exigirle, reflejando así los patrones de crecimiento inherentes a muchas especies en la naturaleza. Esa misma naturaleza que ella observó con atención desde el campo de internamiento, desde el Black Mountain College, y desde la tranquilidad de su hogar.

Ruth Asawa: A Escultora que Moldou a Vida em Formas de Arame

Este ano de 2026 marca o centenário do nascimento na Califórnia de Ruth Asawa, uma notável escultora cujas obras, criadas com linhas e materiais modestos, estavam profundamente entrelaçadas com a sua própria existência e a dos seus entes queridos.

Vinda de uma extensa família de imigrantes japoneses, a sua origem marcou a sua vida e grande parte da sua obra. Durante a Segunda Guerra Mundial (1942), Asawa e a sua família foram internados por dois anos em campos para japoneses nos Estados Unidos. Apesar das difíceis condições, foi neste período que as suas inclinações artísticas começaram a surgir. Ela dedicou tempo a observar a natureza e as formas lineares que a rodeavam, elementos que mais tarde influenciariam as suas icónicas esculturas suspensas. É de salientar que, no campo, ela recebeu instrução de desenhistas que tinham trabalhado para os estúdios de Walt Disney.

Após a guerra, em 1946, Asawa encontrou o seu caminho para o Black Mountain College, uma instituição artística vanguardista que priorizava o desenvolvimento da percepção sensorial, o compromisso social e o sentido de comunidade em detrimento da titulação. Neste ambiente aberto e natural, ela pôde explorar a fundo os seus interesses e métodos, inclinando-se sempre por processos simples e austeros. Estes anos foram cruciais; ela própria reconheceria ter “aprendido a ver” graças a Josef Albers.

Algum tempo depois, a artista descobriu o artesanato de Toluca, México, e ficou particularmente fascinada pelas cestas de arame. Este material tornar-se-ia a base das suas criações. Ela tecia-o, torcia-o e atava-o, inspirando-se nas formas da paisagem e no seu desejo inerente de leveza na obra.

Os seus trabalhos, conhecidos como “loop sculptures” pelas suas sucessões de linhas curvas, tinham a capacidade de projetar sombras nas paredes quando iluminados, evocando a imagem de lanternas flutuantes ou, por vezes, de úteros. Como mãe de seis filhos, a experiência da maternidade e a sua vida pessoal foram elementos intrínsecos ao seu processo criativo, sem que nunca procurasse separá-los.

Inicialmente, o uso do arame, as referências domésticas e a sua ligação com a maternidade contribuíram para que a crítica subestimasse a sua obra, classificando-a como excessivamente “feminina”. No entanto, Asawa não cedeu. Ela decidiu fundir o seu trabalho criativo com o ensino, desenvolvendo programas de arte para crianças desfavorecidas e fundando o centro que, em 1982, se transformaria na Escola Pública de Arte de São Francisco, que hoje leva o seu nome.

Recentemente, o Museu Guggenheim Bilbao inaugurou a primeira grande retrospectiva de Asawa num museu, após a sua passagem pelo MoMA de Nova Iorque. Esta exposição comemora o centenário do seu nascimento, apresentando no edifício de Gehry uma ampla exibição de esculturas de arame, bronzes fundidos, pinturas e uma vasta coleção de obras sobre papel que abrangem os seus sessenta anos de carreira. A mostra inclui também um considerável arquivo documental que destaca as suas encomendas públicas — como um monumento aos japoneses internados na guerra em San José —, o seu compromisso comunitário e a sua defesa da criatividade.

A exposição, coorganizada com o San Francisco Museum of Modern Art (e que posteriormente viajará para a Fondation Beyeler em Basileia), foi curada por Cara Manes, Janet Bishop e Geaninne Gutiérrez-Guimarães. O seu design segue uma cronologia flexível, intercalada com secções temáticas que exploram as fontes de inspiração e os métodos artísticos de Asawa.

O percurso, estruturado em dez secções, inicia com obras da sua época no Black Mountain College, que incluem explorações de materiais, cores e formas em desenhos, colagens e gravuras (onde chegou a colaborar com Merce Cunningham e Elizabeth Smith Jennerjahn). Posteriormente, a mostra avança para o seu trabalho com arame e papel em São Francisco, onde se dedicou a fortalecer o tecido social da comunidade.

Em São Francisco, Asawa desenvolveu os motivos e formas distintivas das suas estruturas em laço, elaboradas à mão através de sobreposições, ondulações, cascatas e entrelaçamentos. Conseguiu assim criar volumes fechados que, paradoxalmente, se mantinham abertos ao ambiente. Paralelamente, ampliou o seu domínio de técnicas de desenho, gravura e dobragem de papel, ao mesmo tempo que aceitava encomendas de design comercial, colaborava com a Vogue e expunha regularmente na Galeria Peridot de Nova Iorque.

No início da década de sessenta, Asawa inovou com um método para trabalhar o arame, atando-o e estendendo-o para criar composições orgânicas com uma delicada inspiração botânica. Os seus experimentos com estas formas naturais continuaram durante uma residência na oficina de litografia Tamarind em Los Angeles em 1965, onde produziu uma série de gravuras tão rigorosas quanto vanguardistas.

Uma seleção destas composições, provenientes da coleção do MoMA, faz parte da exposição, muitas delas exibidas ao público pela primeira vez. Entre elas destaca-se a requintada representação de uma papoula, flor emblemática da Califórnia. É importante recordar que, naquela época, a gravura e o artesanato eram subestimados em comparação com a pintura e a escultura, uma hierarquia que Asawa sempre optou por ignorar.

Em 1962, um presente de uma planta seca do deserto do Vale da Morte marcou o início de uma nova fase. A complexidade da planta dificultava o seu desenho, levando Asawa a usar o arame para criar ramos intrincados e outras formas vegetais, transformando este material rígido e impessoal em algo suave e evocador, uma metamorfose que a cativou.

Sem abandonar as suas técnicas de laço e atado, nem as suas esculturas suspensas, Asawa também incorporou resina e vidro coloridos. Expandiu a sua visibilidade através de encomendas de arte pública, onde explorou a ideia de “criar uma escultura que todos pudessem desfrutar”, muitas vezes através de projetos colaborativos.

A sua primeira obra pública ao ar livre foi a fonte de bronze Andrea de encontro (1968), localizada na Ghirardelli Square em São Francisco, em frente ao mar. Esta escultura representa duas sereias, uma delas segurando um bebé, rodeadas de rãs e tartarugas. Uma forma original de arame em laço foi fundida em bronze, e um estudo preparatório desta é exibido no Guggenheim.

Outras obras significativas de grande escala incluem as suas Fontes de Origami (1975-1976) para o passeio pedonal do bairro japonês de São Francisco, e um imponente monumento comemorativo do internamento de nipo-americanos (1994).

Quando a sua saúde declinou, Asawa dedicou grande parte da sua energia a desenhos botânicos, alguns com um realismo detalhado e outros mais abstratos. Estes retratavam ramos que lhe haviam sido oferecidos ou a flora do seu ambiente. Também criou moldes faciais de familiares, amigos e colegas, documentando assim as pessoas que passavam pela sua casa em Noe Valley, confirmando a sua inseparável conexão entre vida e obra. A sua casa em São Francisco era um verdadeiro santuário artístico, onde as suas próprias criações conviviam com obras de amigos como Josef Albers e cerâmicas de Marguerite Wildenhain.

Ela nunca deixou de trabalhar: desenhava e fazia anotações do seu entorno, enrolava e atava arame para futuras esculturas, dobrava papel para criar origami e recebia artistas, educadores e promotores culturais para colaborar em novos projetos.

O público do Guggenheim descobrirá em Asawa uma artista que transcendeu as convenções, ignorando as fronteiras entre figura e fundo, o exterior e o interior, ou onde termina o figurativo e começa o abstrato. Para ela, o essencial eram as relações que podiam ser estabelecidas entre elementos de origens e aparências diversas, e a interação destes com o espaço. Como ela mesma expressou, “as formas continuam dentro de outras formas, que estão dentro e fora ao mesmo tempo”.

É possível que algumas das suas composições em arame tivessem a sua origem em estrelas, flores ou padrões geométricos. No entanto, à medida que evoluíam nas suas mãos, adquiriam os designs que o material parecia exigir-lhe, refletindo assim os padrões de crescimento inerentes a muitas espécies na natureza. Essa mesma natureza que ela observou com atenção desde o campo de internamento, desde o Black Mountain College, e desde a tranquilidade do seu lar.